12 ene. 2014

ESPIRITUALIDAD CATÓLICA. El bautismo del Señor


P. Rafael Pérez. Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

—Soy yo el que necesito que tu me bautices, ¿y tú acudes a mí?

Jesús le contesto:

—Déjalo ahora. Esta bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

—Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

Comentario al Evangelio:

Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Jesús se acerca a las aguas del Jordán para recibir el bautismo de manos de su primo Juan. Era un bautismo de penitencia. Nada que ver con el bautismo como sacramento que tenemos los cristianos. Es decir, acudían los judíos a expresar su arrepentimiento, su deseo de cambiar de vida. ¿Qué sentido tiene que Jesús, que no conoció el pecado, se acerque a este bautismo? Podemos decir que los judíos acudían al Jordán a “dejar sus pecados en las aguas del río” y Jesús acudía para cargar con todos esos pecados, y pagar por ellos. Por eso se entiende que San Juan dijo de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) Jesús es el Cordero inocente, la víctima inocente elegida por Dios Padre para ser ofrecida en sacrificio y así pagar por los pecados del mundo entero.

Conviene que “se cumpla toda justicia”

Jesús, perfectamente conocedor de su misión, pide a San Juan este bautismo para Él, y cuando su primo le manifiesta que se siente indigno de ofrecérselo, le dice que conviene que se cumpla “toda justicia”. El pecado supone una ofensa a Dios. Y esa ofensa reclama reparación para satisfacer a la justicia de Dios. Jesús sabe que su vida va a ser ofrecida en sacrificio. De ese modo reparará las ofensas hechas a Dios por el pecado de los hombres y podrá satisfacer a la justicia de Dios. Por eso el bautismo de Jesús, nos da a conocer su misión salvadora, y viene a ser a modo de una profecía de su pasión.

Jesús, el Hijo Amado del Padre

Pero si este Cordero de Dios puede reparar por los pecados de toda la humanidad, es por su identidad. Ninguno de nosotros podríamos ofrecer un sacrificio que alcanzase a pagar por los pecados de la humanidad entera, porque somos simples criaturas, y el valor moral de nuestras acciones es muy limitado, por mejores intenciones que tengamos. Pero Jesús, es el Hijo Amado de Dios Padre. Su Hijo Único, engendrado por el Padre antes de todos los siglos, de la misma naturaleza y dignidad que Dios Padre. Por eso el sacrificio de su vida es de valor infinito y alcanza a satisfacer por los pecados de la humanidad entera.

También nosotros somos los hijos amados de Dios Padre

Gracias al sacrificio de Jesús, y a la fuente de agua viva que brotó de su costado en la cruz, todos nosotros hemos recibido el bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Sobre cada uno de nosotros, Dios Padre ha pronunciado el día de nuestro bautismo: tú eres mi hijo amado, mi predilecto…

Esta es la verdad más profunda de nuestro ser, que nos acompañará toda la vida y por toda la eternidad. Es la razón más grande de nuestra dignidad.

Y ese amor personal de Dios Padre, es singular para cada uno de nosotros. No es un amor “a repartir”, sino ofrecido a cada uno por el amor paternal de Dios a la medida de nuestro propio corazón, porque el lugar que cada uno de los hijos ocupa en el corazón de Dios, es único e irrepetible. Por eso se entiende que cuando nos marchamos de su casa por el pecado, Dios Padre experimenta una infinita nostalgia en su corazón por nuestra ausencia, y cuando por fin regresamos, hay un gozo infinito en el corazón de Dios, que sale a nuestro encuentro corriendo, para vestirnos la túnica nueva, calzarnos y ponernos el anillo de oro en la mano.

Antes de que hayamos sido amados o heridos por cualquier criatura humana, mucho antes hemos recibido este “beso” de Dios que envuelve toda nuestra existencia. No hay acción humana sobre nosotros, que pueda alcanzar en nuestro interior un grado de profundidad equivalente a este.

A este respecto recomiendo la lectura de un precioso libro digno de ser meditado. El título es “Tú eres mi Amado” y el autor, Henry Nouwen.

Un día para renovar nuestros compromisos bautismales

Por último, el día del Bautismo del Señor, es un día propicio para reflexionar sobre lo que implica ser hijo de Dios. Si hemos sido iluminados por Cristo, tenemos que vivir como hijos de la luz, y no como hijos de las tinieblas. Esto supone el compromiso permanente de vivir en una permanente actitud de amor filial a Dios, de permanente dependencia de la voluntad de Dios. También nuestra comida y nuestra bebida tendría que ser hacer la voluntad del Padre, pues desde el día de nuestro bautismo, hemos sido identificados con Jesús, y “consagrados” a Dios Padre. Por lo tanto ya no nos pertenecemos a nosotros mismos.

Por eso, preguntémonos cada uno de nosotros: ¿vivo auténticamente como un hijo de Dios? ¿Vivo en gracia de Dios?. ¿Busco en mi vida la voluntad del Padre?...

¡Feliz día del Bautismo del Señor!

P. Rafael Pérez.
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